El director de orquesta
En el último tiempo siento que he fallado como director de orquesta.
Durante años, nuestro principal servicio en Acción fueron las clases grupales. Eso requería que trabajáramos todos juntos por el todo. Con el tiempo entendimos que ese modelo dejaba de lado las individualidades y no lograba potenciar las aspiraciones de los miembros del equipo. Así que cambiamos. Hoy muchos trabajan de manera más individual dentro del proyecto. Y en el camino nos olvidamos de lo importante que es cooperar.
La responsabilidad es mía. Me esforcé por encontrar los motivadores de cada uno y por generar caminos que les permitieran a todos sentir que hay esperanza de desarrollo, que Acción tiene un espacio para que crezcan. Mi lógica era simple: si todos tenían esperanza y ambición, la cooperación debería darse de manera automática. Si tan solo fuera tan simple. Mi obsesión por el desarrollo individual terminó cambiando de manera significativa el foco de la organización. Construí un grupo de individuos, no un colectivo. Mi discurso ha sido tan repetitivo hacia el desarrollo de las piezas que ahora no sabemos cómo “tocar todos juntos”.
Hace un tiempo grabé un video para Instagram sobre la competencia y la cooperación: cómo ambas fuerzas viven de manera “antagónica” en nosotros y son un motor de desarrollo. Queremos competir para escalar posiciones, pero nos necesitamos unos a otros. Como líder de un proyecto, entender cómo funcionan ambas fuerzas es fundamental. Lo irónico es que lo entendía. Y aun así descuidé una de las dos.
Liderar tiene dos responsabilidades que tiran en direcciones opuestas.
La primera es el desarrollo individual. Las personas dentro de los equipos quieren avanzar. ¿Hacia dónde? Depende de cada uno. Hay un denominador común con el salario (todos queremos ganar más), pero no siempre es lo único: desarrollo profesional, estatus, funciones… y acá la creatividad es tan grande como seres humanos distintos existen. Mi trabajo es ayudarlos a identificar con claridad qué quiere cada uno y crear los caminos para lograrlo. Es un trabajo arduo, pero muy gratificante: acompañar a tu equipo, verlos cumplir sus metas, guiarlos en su desarrollo profesional.
La segunda es liderar el conjunto hacia un objetivo común. Juntar cada una de esas piezas en torno a una misión y, a través de ella, lograr la cooperación que hace que la suma de las partes sea mayor que el resultado esperado. Como en una orquesta: cada músico concentrado en hacer su mejor esfuerzo con su parte, pero vinculado a través de un director que marca los tiempos y permite que el esfuerzo individual impacte de manera exponencial en el colectivo. La tarea es compleja porque requiere no perder de vista a nadie.
Yo me dediqué de manera obsesiva a la primera. A volver a cada instrumento un mejor intérprete. Pero a la hora de tocar juntos, todo ese “expertise” adicional no se tradujo en una mejor pieza. Por el contrario. Se perdió la coordinación, ya no suena lindo. Tal vez hace un tiempo cada instrumento no sonaba tan pulcro, pero el conjunto lograba una linda melodía. Hoy tenemos a cada instrumento tocando por su lado.
¿Cómo se soluciona esto?
La responsabilidad es clara: el director de orquesta tiene que arreglarlo. Tiene mejores intérpretes, tiene los instrumentos correctos. Llegó la hora de juntarnos en torno al objetivo común, y ese objetivo nunca ha cambiado. Solo perdimos el foco.
Acción lo hacemos todos, y la fuerza del proyecto también está en su tamaño. En el impacto que es capaz de lograr y en cómo ese impacto después baja a cada persona. Esto nunca se trató de mejorarle la vida a un “Juan Promedio”. Siempre se ha tratado de todas las personas que podemos impactar con el trabajo colectivo del equipo. Somos este extraño box donde trabajan muchas personas, porque así sabemos que impactamos a muchas personas. Esa forma única de entender el impacto es lo que no podemos perder. Cada pieza del equipo genera un pequeño impacto en la vida de alguien, y ese impacto se multiplica hasta lograr lo que todos anhelamos: cambiar vidas.
Pero para eso tenemos que volver a mirarnos unos a otros. Tocar nuestro instrumento de la mejor manera, sin perder de vista cómo mi melodía afecta la de mi compañero. Entender que cada paso que doy requiere el siguiente paso de mi compañero. Que a veces me toca un silencio y a veces me toca llevar la melodía solo. Que se trata de la pieza completa.
Mi rol ahora es volver a entusiasmarlos con el objetivo común. Sacarlos un rato del desarrollo de su instrumento y mostrarles cómo lo que han aprendido impacta en la pieza que estamos interpretando juntos. Devolverlos a la cooperación. A un proyecto que siempre se ha tratado del colectivo. Que siempre ha sido este box de muchas personas, con un equipo enorme y con la capacidad de cambiar.
Porque Acción no soy yo. No es el coach de las 6 AM ni el de las 20 horas.
Acción lo hacemos entre todos.
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