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No quiero Abs

"No quiero abdominales". Lo escucho todo el tiempo. En asesorías, en conversaciones casuales, cuando alguien me cuenta que quiere cambiar algo en su cuerpo y el tema de la composición corporal aparece en la conversación. La frase llega puntual, tajante, como si hubiera sido pensada de antemano: "Yo no quiero abs. Eso no va conmigo." Y yo lo entiendo. Realmente lo entiendo. Porque sé exactamente de dónde viene. En la cabeza de quien la dice ya está construida la película completa — horas interminables en el gimnasio, dietas imposibles, hambre crónica, cero vida social, nunca más ese postre que tanto amas. La persona ya hizo el juicio antes de la conversación. Ya evaluó el costo imaginado y decidió que no vale la pena. La frase no es una preferencia estética. Es una sentencia. Una manera elegante de decir: no me quiero ilusionar para no fallar. El problema es que ese costo es casi completamente inventado. Hace unos meses fui a Disney y Universal con mi familia. Me enc...

El llanero solitario

El llanero solitario Suena a un título extraño. Quizás incluso un poco ridículo. Pero representa de cierta manera cómo me sentí durante muchos años emprendiendo. Luchando solo por aquello que me importa. Como muchos emprendimientos, el mío partió desde un propósito fuerte. Aunque al principio era más una corazonada, algo instintivo que fue revelándose con el paso del tiempo hasta convertirse en una obsesión. Y a medida que la vas descubriendo, quieres compartirla con todos. Le cuentas a la mayoría lo que haces, dejas que tu entusiasmo sea tu principal promotor. Te empiezas a rodear de gente, aparecen clientes, construyes un equipo. Todos en torno a una misión, en torno a un objetivo. Pero por algún motivo, cuando las luces se apagan y ya no queda nadie, sientes que estás solo en esta lucha. Porque la verdad es que lo estás. A través del emprendimiento vas a conocer a muchas personas. Muchos te van a dar consejos, te van a decir lo que deberías hacer. Pero ninguno está en tus zapatos. N...

La correcta dosis

Hace unos días tuve una asesoría que resume bien lo que me encuentro varias veces a la semana. El alumno entró con un objetivo muy claro: quería poder seguir jugando fútbol hasta más viejo. Me gusta cuando alguien llega con eso, con un para qué concreto detrás de todo. Le pregunté qué sentía que le estaba impidiendo lograrlo. Y ahí vino la respuesta larga. Diez kilos de sobrepeso. Condromalacia en ambas rodillas que le duelen cuando juega. Una hernia operada hace años. Tres episodios de lumbalgia en los últimos años que lo llevaron a urgencias. Tres hijos, uno de cuatro y dos de ocho. Un trabajo que a veces lo obliga a viajar. Y cuando le pregunté cuántos días a la semana tenía para entrenar, me dijo que no más de dos. Esa es la realidad de la mayoría de las personas con las que trabajo. Más de 35 años, responsabilidades que no negocian, cuerpos que ya acumulan historia, y tiempo que siempre es menos del que quisieran. No es el perfil del atleta que entrena dos veces al día. Es el perf...

El mejor para algunos

El inicio de un emprendimiento es un lugar hermoso. Está lleno de esperanza, de sueños, de una certeza casi irracional de que lo que tienes entre manos es especial. Y esa certeza no es un defecto, es el combustible que te hace arrancar cuando todo lo demás dice que no. Es lo que te hace madrugar, quedarte despierto, invertir tiempo y dinero en algo que todavía no existe del todo, pero que tú ya puedes ver con una claridad que los demás no entienden. Esa convicción es necesaria. El problema es cuando se convierte en una trampa. Recuerdo una conversación con un futuro emprendedor que quería abrir su carrito de hamburguesas. El boom de los carritos de comida ya había pasado hacía rato, las hamburgueserías artesanales estaban en cada esquina, el mercado estaba saturado de propuestas que prometían lo mejor, lo más auténtico, lo más especial. Le pregunté lo más directo que pude: ¿por qué la gente va a preferir tus hamburguesas por sobre todas las que ya existen? Su respuesta fue inmediata. S...

Sin esfuerzo, sin valor

¿Cuál es la relación entre esfuerzo y recompensa? ¿Por qué valoramos más las cosas cuando nos cuestan? Y al revés, ¿por qué cuando eliminamos la dificultad el resultado deja de sentirse tan satisfactorio? Ayer estábamos conversando sobre esos primeros trabajos que uno tiene cuando es joven. En mi caso hice varios trabajos informales. Recuerdo haber repartido folletos para una inmobiliaria, haber trabajado en una heladería y también haber sido extra en teleseries. Todas fueron aventuras esporádicas. Sin embargo, lo que más recuerdo no es el trabajo en sí, sino algo mucho más simple: ganarme mis primeros pesos. Era la primera vez que sentía que algo que tenía en mis manos era resultado directo de mi esfuerzo. Ninguno de esos pagos fue grande. Para nada. Ni siquiera recuerdo en qué gasté ese dinero. Pero sí recuerdo perfectamente cómo se sintió recibirlo. Ese monto, por pequeño que fuera, significaba mucho. A medida que avanzamos en la vida la situación cambia. Comenzamos a hacernos cargo...

El miedo al fracaso

La idea de todos los días viernes es compartir con otros mi camino de emprendimiento. Debo ser franco, siempre quiero entregarles algo que pueda ser de utilidad en el camino, algo que impacte, pero no siempre siento que lo logro. Pero lo sigo intentando. ¿Por qué? Creo que la respuesta tiene que ver con lo que significa realmente emprender. Emprender es algo maravilloso y cuando empiezas sientes que no puedes parar. Comencé este camino hace 14-15 años atrás. Pero la realidad es que me comprometí con el proceso recién el año 2014. Ese fue el momento exacto donde decidí que estaba dispuesto a intentarlo "con todo", incluso si eso implicaba fracasar. Sabía que sería difícil y que tenía muchas posibilidades de no lograrlo. Incluso no tenía muy claro dónde quería llegar. Solo sabía que algo dentro de mí me decía que lo hiciera. Más importante aún, algo dentro de mí me gritaba que no quería volver a lo otro, a un trabajo estable. Lo curioso de la decisión es que fue "en el peo...

El dilema de la educación

Una de las gracias de este espacio es que puedo escribir sobre temas muy distintos. Hoy quiero compartir uno que llevo meses pensando. Probablemente diga cosas con las que muchos no estarán de acuerdo. No soy experto en educación ni en economía, así que feliz de escuchar otros puntos de vista. Pero es un tema que me preocupa, principalmente porque tengo dos hijas pequeñas y miro con cierta incertidumbre el camino que van a recorrer, un camino que siento es bastante distinto al que me tocó vivir. Cuando yo era niño el camino era claro: tenías que ir a la universidad. No era una alternativa más, era el camino. Si querías “ser alguien en la vida”, tenías que estudiar una carrera. Si querías no morirte de hambre, tenías que ir a la universidad y elegir una buena profesión. Ese era el mensaje que escuchábamos por todos lados. Debo ser honesto: nunca me pareció un camino particularmente atractivo, pero lo seguí igual. Estudié mi carrera, me titulé y luego trabajé en ella durante ocho o nueve...