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Estás cavando la tumba de tu emprendimiento

Hay una conversación que tengo una y otra vez con dueños de boxes. Siempre llega al mismo punto. Cuando toco el tema de la rentabilidad, aparece la cara. Esa cara de "ah, pero no todo tiene que ser rentable" o "es que yo quiero ayudar a mis alumnos". Como si hablar de rentabilidad fuera una señal de avaricia. Como si preocuparte por la salud financiera de tu negocio significara que no te importan las personas. No. Significa exactamente lo contrario. Si no eres rentable, tu proyecto va a morir. Y cuando muera, no vas a poder ayudar a nadie. Esa es la única lógica que importa acá. No es mi definición de éxito que te estoy imponiendo. Son las reglas del juego. Y si no las cumples, el juego te expulsa. Así de simple. Lo que me cansa, y voy a ser honesto porque creo que alguien tiene que decirlo, es la narrativa del mártir del CrossFit. Ese relato de "me preocupo tanto de mis alumnos que nunca me preocupo de mí". Eso no es servicio. Eso es autoengaño disfrazado...

El tamaño si importa y no quiero ser un elefante

Cuando comencé a emprender quería crecer. No por avaricia, no se trataba de hacerme millonario. Se trataba de construir algo que se mantuviera en el tiempo. Y en mi cabeza, algo que se mantiene en el tiempo es algo grande. Había que crecer. ¿Por qué? Porque sí. Porque así se hace. Porque nadie lo cuestiona. Y crecimos. Una sucursal con más de mil alumnos. Otra con más de cuatrocientos en una zona que supuestamente no era "de altos ingresos". Una tercera que con el estallido social de por medio y pocos meses de apertura llegó cerca de los trescientos. Cada vez que cuento esos números en los círculos de CrossFit, la cara de la gente es de asombro. Eso, creíamos, era el éxito. Estábamos construyendo un elefante. Un elefante es robusto en su día a día. Enorme, pesado, ningún depredador común puede moverlo. Pero esa misma escala lo vuelve frágil ante lo imprevisto. Un paso en falso y su propio peso se convierte en su peor enemigo. Después de cuatro o cinco meses de pandemia, encer...

El cuello de botella eres tú

Hoy al final de una reunión, James me miró y me dijo algo que no esperaba: "Por primera vez estoy entusiasmado de hacer mis números y conocer mi P&L." James es un vendedor nato. Durante diez años fue el vendedor número uno de una empresa de construcción en Indianapolis. Mes a mes nos impresiona superando sus metas de venta. Sabe vender mejor que nadie. Y sin embargo su empresa está estancada. No conoce su rentabilidad, no sabe si puede contratar más gente, la incertidumbre del futuro lo tiene inseguro. El problema no es lo que sabe hacer. Es lo que no sabe hacer todavía. Eso es exactamente lo que tienen en común los cuatro emprendedores con los que hablé hoy. Lalo es mexicano, lleva 25 años en Alabama construyendo su camino desde abajo. Partió como electricista, se fue especializando, abrió su propia empresa. Tiene buen ingreso constante. Pero no logra crear los sistemas que retengan a su equipo. Alta rotación, sin vacaciones, sin tiempo. Lo que lo trajo hasta acá no es s...

Soy un chanta

El miedo a ser chanta aparece en mi cabeza cada cierto tiempo. Para los que no son chilenos: chanta es alguien poco confiable, que simula virtudes que no tiene, que engaña. No es algo que nadie aspire a ser. Y sin embargo, es uno de los miedos que veo como los paraliza a todos. Incluido yo. Lo que nadie dice en voz alta es esto: todos somos chantas al principio. Sin excepción. Nadie nació sabiendo. Nadie fue bueno en algo antes de haber sido malo en eso mismo. El problema no es ser chanta. El problema es creer que los títulos te protegen de serlo. Y ahí es donde el sistema te tiene atrapado. El sistema educativo está diseñado para hacerte creer que la especialización es sinónimo de valor. Que mientras más títulos tengas, mientras más certificaciones acumules, menos chanta eres. Es un negocio perfecto: te venden el alivio de una incomodidad que nunca va a desaparecer de esa manera. Porque lo único que te quita la sensación de chanta no es un diploma. Es exponerte a aplicar lo que sabes ...

El número que sigues, el negocio que construyes

¿Cómo subo mis ventas? Esa es la pregunta que se hacen la mayoría de los negocios. Iría incluso más allá, es lo que buscan casi todos: vender más. Pero esta declaración muestra el foco del negocio, aclara qué es lo que están persiguiendo realmente y esconde una verdad incómoda que a muchos les cuesta aceptar. Lo más fácil es medir la venta. Es el número que por lo general tenemos más a mano. Lo usamos como termómetro para chequear si vamos en la dirección correcta. Pero no logramos ver lo que esconde ese número. Es común quedarse con ese diagnóstico, pero tenemos que entender que está incompleto y esconde algo más profundo. El simple hecho de que no creaste un negocio para vender más. Hay algo que realmente buscaste crear con tu negocio y nunca se trató de vender más. Lo cierto es que la venta muestra cuán interesante está siendo para el mercado tu negocio. Es un indicador claro de popularidad. Nos entrega una medida de si estoy logrando gustarle a la gente. Pero muchas veces no nos di...

Todo comienza por un NO

¿Cuál es el valor de tu trabajo? Esta pregunta es incómoda de manera natural. Se siente extraña, el impulso es contestar rápidamente enumerando todo lo que entregas. Muchos al escuchar esa pregunta se van a ir a su carrera, van a responder acerca de su profesión. Otros rápidamente justificarán su valor con los ejemplos de quienes ya les han pagado en el pasado. En muchos casos algunos empezarán a enumerar un listado de cualidades que deberían hacerlos valiosos. "Yo me preocupo realmente por las personas", "yo soy profesional en mi trabajo", "tenemos las mejores instalaciones". Algunos usarán la universidad, el instituto o los diplomas para justificar su valor. Pero a pesar de todas estas vueltas la pregunta incómoda persiste. ¿Cuál es el valor de tu trabajo? Acá es donde la pregunta debería cambiar. Y creo que es importante preguntarse algo distinto. ¿Para quién es valioso mi trabajo? El valor está en el resultado que puede generar tu trabajo. Y ese result...

¿Acaso ya no me importa el resultado de mi negocio?

Hace unas semanas tuve un extraño buen día. Lo llamo extraño porque en el papel todo era bueno, pero no se sentía así. Estaba revisando los números del mes, chequeando el estado de resultados, el flujo de caja, los números de la cartera. Iba viendo cada uno, comparándolo con el año anterior. Todo parecía en orden. Estamos creciendo, los números se acercan al presupuesto, los niveles de clases grupales se mantienen estables y crecemos en los servicios de alto valor. La rentabilidad mejora, las ventas son mejores. Todo avanzando en la dirección correcta. Y no sentí nada. Soy riguroso con los números. Es algo que hago desde el primer día que comenzó el negocio. Por lo general en estos ejercicios me encuentro con realidades contrapuestas, siempre hay cosas que van funcionando y otras que no. Es extraño tener meses donde todo pareciera funcionar perfecto. Pero cuando eso pasó, no se me generó alegría. No me pasó absolutamente nada. Eso fue lo que principalmente me llamó la atención. Lo apát...