El dilema de la educación

Una de las gracias de este espacio es que puedo escribir sobre temas muy distintos. Hoy quiero compartir uno que llevo meses pensando. Probablemente diga cosas con las que muchos no estarán de acuerdo. No soy experto en educación ni en economía, así que feliz de escuchar otros puntos de vista. Pero es un tema que me preocupa, principalmente porque tengo dos hijas pequeñas y miro con cierta incertidumbre el camino que van a recorrer, un camino que siento es bastante distinto al que me tocó vivir.

Cuando yo era niño el camino era claro: tenías que ir a la universidad. No era una alternativa más, era el camino. Si querías “ser alguien en la vida”, tenías que estudiar una carrera. Si querías no morirte de hambre, tenías que ir a la universidad y elegir una buena profesión. Ese era el mensaje que escuchábamos por todos lados. Debo ser honesto: nunca me pareció un camino particularmente atractivo, pero lo seguí igual. Estudié mi carrera, me titulé y luego trabajé en ella durante ocho o nueve años de manera bastante tradicional. Hasta ahí nada extraño.

En los últimos meses, sin embargo, me ha tocado ver en redes sociales algo que me llamó la atención: profesionales de distintas carreras que se quejan de los sueldos. Personas frustradas por los años de estudio que invirtieron y por lo poco que el mercado parece valorar su trabajo. Muchos piden regulación, otros hablan de abuso por parte de las empresas, y varios creen que el sistema debería intervenir para corregir esta situación. Y aquí entramos en un terreno complicado, porque hablar de sueldos, profesiones y educación inevitablemente nos lleva a hablar de economía. Y la economía, en el fondo, trata de resolver necesidades infinitas con recursos limitados.

Durante años la educación superior en Chile comenzó a tratarse como un bien de mercado, lo que en teoría significa que debería regularse por oferta y demanda. Pero en algún momento las reglas cambiaron. Cuando el Estado entra como aval de créditos universitarios, cambia el juego. Cuando se subsidia la educación superior, también cambia el juego. Las intenciones pueden ser buenas, pero las consecuencias muchas veces son más complejas. Porque cuando aseguras la demanda —cuando garantizas que siempre habrá estudiantes financiados— el incentivo a competir por calidad disminuye. Aparecen más universidades, más carreras, más alumnos, más títulos… pero no necesariamente más oportunidades reales para quienes se gradúan.

Y cuando la oferta de profesionales crece más rápido que la demanda por su trabajo ocurre algo bastante simple: el valor de esas profesiones cae. No porque alguien quiera que caiga, sino porque así funcionan los mercados. Si hay miles de profesionales capaces de hacer el mismo trabajo, el precio de ese trabajo baja. Al mercado no le importa cuántos años estudiaste, cuánto te costó la carrera o si sientes que tu sueldo es justo o injusto. Le importa cuánto valor puedes generar. Suena duro, pero es la realidad.

A todo esto se suma otro cambio enorme que muchas veces ignoramos: el acceso a la información. Durante siglos las universidades tuvieron el monopolio del conocimiento. Si querías aprender algo serio tenías que ir ahí. Las bibliotecas universitarias eran los grandes repositorios del saber y los académicos eran quienes sabían dónde encontrar esa información. Hoy vivimos en un mundo completamente distinto. El problema ya no es acceder a la información, el problema es filtrarla. Estamos inundados de información y el verdadero desafío ya no es memorizar contenido, sino desarrollar criterio para distinguir lo valioso de lo irrelevante y la capacidad de aplicar ese conocimiento en el mundo real.

Aquí es donde creo que nos perdimos. Durante décadas confundimos educación con certificación. Creímos que el título era el valor. Pero el valor nunca estuvo en el diploma colgado en la pared. Siempre estuvo en la persona: en su curiosidad, en su disciplina, en su capacidad de aprender y en su habilidad para resolver problemas reales. El título puede ayudar, pero nunca fue la garantía de nada. Por eso hoy vemos tantos profesionales frustrados, porque durante años les vendieron la idea de que estudiar una carrera era suficiente.

En mi caso llevo años sin pisar una universidad, pero desde que empecé a emprender no he parado de aprender. He aprendido de ventas, de psicología, de filosofía, de negocios, de contabilidad y de finanzas. He tenido mentores, he leído libros, he cometido errores y he aprendido de otras personas. Todo aplicado. No sé si fue más barato que la universidad, pero sí sé que ha sido increíblemente valioso. Hace años que mi carrera dejó de importarme. Lo que realmente me importa hoy es otra cosa: qué problemas puedo resolver, para quién soy valioso y cómo puedo aportar desde mis capacidades.

Y ahí aparece la pregunta que me ronda cada vez más seguido: ¿qué les voy a decir a mis hijas cuando llegue el momento?

No lo tengo completamente claro. Probablemente les diré que sean curiosas, que aprendan a resolver problemas, que encuentren algo que les guste hacer y que el mundo realmente necesite. Si la universidad es el mejor camino para eso, entonces que vayan. Pero que nunca crean que un título les va a resolver la vida.

Porque la verdad incómoda es esta: el mundo no necesita más títulos, necesita más personas capaces de crear valor. Y gastar millones en una carrera para después descubrir que nadie necesita lo que sabes hacer es probablemente una de las estafas silenciosas más grandes de nuestro tiempo.

Cuando llegue el momento, no les diré a mis hijas que estudien una carrera para “ser alguien en la vida”. Les diré algo mucho más simple y mucho más difícil: aprendan a resolver problemas reales, porque al mundo no le importa tu título… le importa lo que puedes aportar con tu vida.

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