Sin esfuerzo, sin valor
¿Cuál es la relación entre esfuerzo y recompensa?
¿Por qué valoramos más las cosas cuando nos cuestan? Y al revés, ¿por qué cuando eliminamos la dificultad el resultado deja de sentirse tan satisfactorio?
Ayer estábamos conversando sobre esos primeros trabajos que uno tiene cuando es joven. En mi caso hice varios trabajos informales. Recuerdo haber repartido folletos para una inmobiliaria, haber trabajado en una heladería y también haber sido extra en teleseries. Todas fueron aventuras esporádicas. Sin embargo, lo que más recuerdo no es el trabajo en sí, sino algo mucho más simple: ganarme mis primeros pesos.
Era la primera vez que sentía que algo que tenía en mis manos era resultado directo de mi esfuerzo. Ninguno de esos pagos fue grande. Para nada. Ni siquiera recuerdo en qué gasté ese dinero. Pero sí recuerdo perfectamente cómo se sintió recibirlo. Ese monto, por pequeño que fuera, significaba mucho.
A medida que avanzamos en la vida la situación cambia. Comenzamos a hacernos cargo de nuestras responsabilidades y resolver el problema económico pasa a ser una de las principales preocupaciones. Hay cuentas que pagar y necesidades que satisfacer. Y es ahí cuando ocurre algo curioso: comenzamos a querer quitarle la dificultad al trabajo. Ya no buscamos el esfuerzo, buscamos la recompensa.
Pero al hacer eso ocurre algo más profundo.
Al quitarle la dificultad al proceso, terminamos arrebatándole algo fundamental al resultado.
Porque el esfuerzo no solo produce una recompensa externa. También produce algo interno, algo en nosotros empieza a cambiar.
Hoy escuchamos constantemente frases como:
“Solo quiero descansar.”
“No quiero estrés.”
“Quiero estar tranquilo.”
“Quiero estabilidad.”
Y aunque estas aspiraciones parecen completamente razonables, sospecho que también esconden algo más peligroso. Muchas veces, en la búsqueda de comodidad, terminamos arrebatando algo que da sentido a nuestras vidas.
El esfuerzo.
Cada vez que sueño con tener las cosas más fáciles, también corro el riesgo de vaciarlas de valor. La acción puede ser exactamente la misma, pero si no hubo esfuerzo en el proceso algo fundamental se pierde. Porque la persona que se esfuerza no solo consigue algo. Se construye a sí misma.
Eso que conseguiste con tu esfuerzo es un testimonio. Un testimonio que solo tú puedes entender. Solo tú sabes cuánto te costó. Solo tú sabes cuántas veces pensaste en abandonar. Por eso ese resultado tiene valor. Porque lo construiste con tu determinación, con tu carácter, con tu resiliencia. Es un reflejo directo de tu capacidad. Cuando eliminamos el esfuerzo, eliminamos también una de las externalidades más importantes del proceso: la sensación de competencia. La sensación de sentirnos capaces. De sentirnos suficientes.
El esfuerzo nos forja como personas competentes. Como personas capaces. En cambio, la idea de que todo debe ser fácil, de que todo debe ser asistido, termina debilitándonos. Nos vuelve frágiles, nos vuelve incompetentes.
Nos quita la lucha.
Y cuando quitamos la lucha, muchas veces también quitamos el valor.
Pensemos en algo polémico.
Educación gratis. Suena maravilloso. Pero también tiene un efecto colateral incómodo: cuando eliminamos completamente el esfuerzo, también disminuye el valor percibido de aquello que se obtiene. Y así terminamos con sociedades llenas de profesionales… con profesiones que cada vez valen menos.
Porque eliminamos algo esencial del proceso.
La batalla.
La lucha.
El esfuerzo.
Quizás por eso emprender me resulta tan atractivo.
Es difícil. Es incierto. Es improbable.
Y justamente por eso se siente maravilloso.
Cada batalla, cada esfuerzo, cada día peleando por algo que aún no existe me recuerda que estoy vivo. Me recuerda que soy capaz. Me recuerda que todavía puedo construir algo con mis propias manos. Entonces vuelvo a la pregunta inicial.
¿Por qué valoramos más aquello que nos costó conseguir?
Quizás porque el esfuerzo no solo produce resultados.
Porque nos construye como personas, nos construye desde adentro.
Si seguimos tratando de eliminar la dificultad de todo, probablemente terminaremos eliminando también el valor de las cosas. Pero el valor más importante que podríamos perder no es el de las cosas.
Es el nuestro.
Dejar de aspirar a una vida fácil.
Aspirar a una vida difícil… pero llena de sentido.
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