Es sólo camimar

Vengo llegando de un viaje maravilloso a Orlando con mi familia. El viaje fue increíble. Cumplió expectativas, superó algunas, nos regaló momentos que se van a quedar con nosotros mucho tiempo.

Pero no quiero hablar del viaje.

Quiero hablar de algo que vi y que no he podido dejar de pensar desde que volví.

Puede que lo que escriba incomode. No es mi intención herir a nadie, pero tampoco vine a escribir cosas cómodas. No es mi primer viaje a Estados Unidos. He ido a varias ciudades. Conozco la cultura, conozco el tamaño de las cosas, conozco la lógica del espectáculo. Pero lo que vi esta vez en Orlando fue distinto. Lo que me impresionó no fueron los parques. Fue la obesidad.

No hablo de sobrepeso. Hablo de obesidad severa. Personas jóvenes —muchas jóvenes— que apenas podían desplazarse. Personas que ya no caminan, se trasladan. Que ya no sostienen su peso, lo apoyan en una máquina.

Y lo más impactante no fue ver eso.

Fue ver cómo todo el entorno está diseñado para que esa condición no tenga fricción alguna.

Carritos eléctricos para recorrer el parque completo. Filas adaptadas para no tener que sostener el propio cuerpo. Transporte que prioriza ese sistema. Cero esfuerzo. Cero incomodidad. Cero exigencia. Caminar 20.000 pasos en un día no es una hazaña atlética. Es caminar. Es algo que el cuerpo humano fue diseñado para hacer. Sin embargo, la experiencia está completamente adaptada para evitar incluso eso.

Y ahí me hice una pregunta que no me deja tranquilo:

¿En qué momento decidimos que eliminar el esfuerzo era progreso?

Entiendo la accesibilidad. Entiendo las condiciones médicas reales. Pero lo que vi no era excepción. Era normalidad. Era sistema.

El mensaje implícito es brutal:

No necesitas moverte.

No necesitas esforzarte.

El mundo se adaptará a tu deterioro.

Y mientras tanto, el parque ofrece comida diseñada para hiperestimular. Sabores intensos, cero saciedad real, consumo constante. Un ecosistema perfecto para perpetuar el mismo problema que luego se adapta a sostener. Wall-E ya no parece ficción. Parece una advertencia ignorada. Lo que más me inquieta no es que existan personas en esa condición. Lo que me inquieta es que como cultura hayamos decidido que el camino es hacerlo todo más cómodo en vez de más saludable.

Hemos confundido compasión con eliminación de límites.

Hemos confundido inclusión con ausencia total de exigencia.

Hemos confundido comodidad con bienestar.

El cuerpo humano no está hecho para la comodidad permanente. Está hecho para adaptarse al desafío. Sin carga, se atrofia. Sin esfuerzo, se debilita. Sin fricción, se deteriora. No necesitamos vidas sin estrés.

Necesitamos estrés correcto.

Necesitamos desafío.

Necesitamos incomodidad.

Cada vez que diseñamos un mundo donde nada cuesta, estamos diseñando un mundo donde nadie se fortalece.

Y esto no es solo Disney. Lo veo en políticas públicas. Lo veo en crianza. Lo veo en el discurso cultural. El objetivo pareciera ser evitar cualquier forma de disconfort. Pero el crecimiento nunca fue cómodo.

La vida necesita tensión.

El cuerpo necesita carga.

La mente necesita lucha.

No estoy diciendo que volvamos al sufrimiento innecesario. Estoy diciendo que eliminar todo esfuerzo nos está debilitando como sociedad. Lo que vi en Orlando no fue solo obesidad.

Fue la normalización del deterioro.

Fue la institucionalización de la comodidad.

Fue el síntoma visible de una cultura que prefiere adaptarse a la enfermedad antes que confrontarla.

Y eso sí me parece peligroso.

Deja de buscar una vida fácil.

Empieza a buscar una vida fuerte.

Porque cuando el mundo entero empieza a eliminar el esfuerzo, el esfuerzo se vuelve un acto de rebeldía.

Y tal vez hoy, lo verdaderamente revolucionario sea simplemente caminar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Decisiones y cambios

¿Que hago acá?

El llamado que lo cambió todo