Como comenzar a emprender?
Llego al box a las 6 de la mañana. Ya está andando la primera clase. Me siento frente al computador y pienso: “¿y ahora qué?”.
Acababa de renunciar a mi trabajo. Tenía una hija de 4 meses, una familia de la que hacerme responsable y un emprendimiento que funcionaba, pero que necesitaba mucho para llegar a donde tenía que llegar. No tenía idea de lo que me deparaba el futuro. Ese fue el momento en que realmente comencé a emprender.
Pero para llegar a ese computador pasaron años.
La semana pasada me preguntaron directamente: “¿Cómo te lanzaste a emprender?”. En mi cabeza tengo una idea, una historia que me he ido construyendo. Pero la pregunta me hizo reflexionar sobre cómo llegué realmente acá. Porque si algo puedo decir de este camino es que se siente como el correcto.
Comencemos por lo que creo que es el principio. Hace alrededor de 18 años tuve un problema de salud, de esos que te remecen el piso. En retrospectiva no fue tan grave, pero en ese momento sentí que “me podía morir en cualquier momento”. Encontrarte de frente con tu mortalidad te cambia. Me hizo hacerme preguntas que hasta ese momento no me parecían tan importantes: ¿qué estoy haciendo con mi vida y para qué lo estoy haciendo?
Me di cuenta de que, en mis 26 años, lo único que me había mantenido siempre entusiasmado era el deporte. Que, a pesar de que muchas veces la vida se me desordenó, lo único que me mantenía con los pies en la tierra era jugar y moverme. Ahí encontraba una sensación de libertad que no sentía en nada más.
Entonces tomé una decisión extraña. Al día de hoy trato de entender su lógica y no la entiendo del todo, pero en ese momento me hizo todo el sentido. Me gustaba trabajar; lo que no me gustaba era para qué trabajaba. Me iba bien, pero no le encontraba sentido a trabajar para ganar dinero. ¿Ganar dinero para qué? Hasta ahí llegaba mi raciocinio. Así que me lancé a buscar trabajo en lo mismo que ya hacía, pero en la industria deportiva. Si lo que hacía impactaba en algo que me importaba, mi trabajo tendría más sentido.
Mi búsqueda fue un completo fracaso y terminé trabajando en cerveza. (En esa etapa el alcohol jugaba un rol importante en mi vida, así que lo tomé como “una señal”.)
Después me alejé mucho de emprender y me dediqué a dar bote de trabajo en trabajo. Cada uno me entusiasmaba un tiempo, pero no lograba una motivación que se sostuviera. Simplemente me aburría. En paralelo, en mi vida personal el deporte tomaba cada vez más relevancia. Mi relación de pareja se consolidaba como un pilar fundamental y vivíamos haciendo deporte en nuestros tiempos libres. De a poco, el carrete se fue reemplazando por actividad física.
Un día mi señora me propuso que fuéramos a una clase de CrossFit. Hasta ese momento entrenábamos por separado, y esto nos daba la posibilidad de volver a hacer algo juntos. No me llamó mucho la atención, pero fui, poco convencido. Después de la primera clase me convenció de intentarlo un mes. A regañadientes dije que sí.
Ahí empezó todo. Encontrarme en cada entrenamiento con mis limitaciones físicas y trabajar para superarlas. Y algo que no esperaba: entrenar en grupo me devolvió a mis años de rugby y fútbol, a esa sensación de pertenecer a algo que nunca sentí en los años de gimnasio. Pero esta vez con gente “de todo tipo”. No se trataba de entrenar con los que eran buenos, como en el deporte cuando era chico. Se trataba de entrenar con los que querían mejorar. Para cada uno mejorar significaba algo personal. Ese sonaba a un equipo en el que quería estar.
Al tiempo me reapareció el “bichito”. Mi trabajo seguía siendo una fuente constante de decepción y empecé a averiguar qué se necesitaba para partir un box. En el papel no parecía tan complicado: la inversión era relativamente baja (aunque casi todo el equipamiento había que traerlo de afuera y ser bien ingenioso), había 5 o 6 boxes en Santiago, muy artesanales, y en Estados Unidos estaban por todas partes. Con harto desconocimiento le pregunté a mi coach de ese entonces qué opinaba. Me respondió entusiasmado que era su sueño. Hasta ese momento no tenía pensado dedicarme a esto. Solo quería probar hacer mi propio proyecto. No tenía idea de en lo que me estaba metiendo.
Me despidieron de ese trabajo y con eso generé la inversión inicial. Me peleé con mi socio, me arreglé con él y sumamos otro socio. Pasamos meses buscando un local; se cayeron varios. Finalmente arrendamos uno y comenzamos a habilitarlo. Yo seguía trabajando en otro lado. Hasta ese momento, emprender era un hobby. Así pasamos el primer año: muchas peleas como equipo, mucha pasión, mucho crecimiento. El proyecto crecía a cada minuto y no nos dábamos cuenta en lo que nos estábamos metiendo.
Un lunes llegué a trabajar y mi jefa me llamó a su oficina. Estaba molesta porque el fin de semana no había estado disponible para un e-commerce del que estaba a cargo. Ahí me di cuenta de que estaba en el lugar equivocado. Lo que me decía me tenía sin cuidado. No es que no me sintiera responsable. Simplemente tenía otras responsabilidades que me importaban más.
Después de la reunión llamé a mi papá para contarle que estaba pensando en renunciar. Nunca voy a olvidar lo que me dijo: “Tienes 30 años y odias tu trabajo, renuncia. Si tuvieras 60 te diría báncatelo, pero no a los 30. Nunca te imaginé trabajando apatronado. Inténtalo una vez”.
Corté y, lleno de miedo, llamé a mi señora. Ella estaba en casa con nuestra hija de 4 meses. No sabía qué me iba a decir. También recuerdo sus palabras: “Dale, nos apretamos el cinturón y lo sacamos adelante”.
Fui donde el gerente del área, el que me había contratado, y le dije que no seguía. Que ya no le encontraba sentido. La conversación no fue agradable, pero no me importó mucho. Salí ese día con una sensación de felicidad y entusiasmo que no puedo describir. Estaba muerto de miedo, pero se sentía como la decisión correcta.
Y al otro día, a las 6 de la mañana, estaba frente a ese computador.
Ahí comenzó una de las etapas más lindas y difíciles que he enfrentado. Una que me forjó y que 12 años después miro con orgullo. Fue el momento en que tuve todo que perder, pero estaba dispuesto a todo por ganar.
¿Cómo comenzar a emprender?
No tengo una respuesta. Sé que la vida, de una u otra forma, me trajo a este lugar. Sé que disfruto cada día dedicado a esto y que, si tuviera que volver a elegir, elegiría este camino.
No sé cómo comenzar, pero sí sé que no quiero parar.
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