Solo sé que nada sé. Y de eso tampoco estoy seguro.
Subo contenido a redes sociales con la esperanza de ayudar. Aayudar a personas que están emprendiendo, a personas que quieren ser mejores padres, a personas con su fitness. Todo lo hago desde ese lugar, ayudar. Pero hay algo que me incomoda cada vez que publico algo.
Me asusta que alguien se lo tome como una verdad absoluta.
No porque crea que lo que digo está mal. Sino porque sé perfectamente que tampoco tengo tanta certeza de lo que digo. Y lo que creo hoy no es lo mismo que creía hace diez años. Lo que publico mañana puede contradecir lo que publico hoy. Mi perspectiva va cambiando a medida que mi cabeza se va formando, a medida que me expongo a más ideas, a medida que la realidad me corrige. Eso no me parece un problema. Me parece simplemente honesto y real.
El problema es que las redes sociales no están diseñadas para la duda. Están diseñadas para la certeza. Todo pareciera ser blanco o negro. Si crees esto eres estúpido. Si no crees esto también. Los expertos hablan como si tuvieran respuestas definitivas sobre economía, psicología, nutrición, medicina. Y nadie lleva el registro de cuántas veces se equivocaron. La memoria es frágil y el track record nadie lo revisa. Así que seguimos buscando certeza en personas que tampoco la tienen, simplemente porque saben un poco más que nosotros. Porque no somos capaces de entender todo lo que si ignoran.
Y lo que más me preocupa no es el hooligan de redes. Es la imagen del experto cargado de títulos que habla con una certeza que sus resultados no justifican. Mientras más pomposa la universidad, mientras más larga la lista de credenciales, más incuestionable parece la opinión. Como si el título fuera una garantía de verdad.
No lo es.
El experto con título no sabe más que el resto. Su ámbito de ignorancia se redujo, pero todavía le queda una enormidad por delante. La diferencia entre alguien que estudió mucho y alguien que realmente sabe algo no está en los diplomas. Está en cuántas veces se puso a prueba, en cuántos errores acumuló, en si sus ideas sobrevivieron el contacto con la realidad.
La rigurosidad no te la da cuánto leíste. Te la da cuántas veces fallaste y volviste a intentarlo con más información.
El experto real no es el que tiene más títulos. Es el que recorrió un camino, lo entiende, y puede mostrar resultados. Todo lo demás es una credencial que certifica que en algún momento alguien creyó que sabías suficiente. No que lo sepas ahora.
Eso me contamina. Veo ese ambiente todo el día y sin darme cuenta me restringo de opinar en redes sociales. No porque no tenga una perspectiva. Sino porque sé que mañana puede que no sea la misma. Y en un ambiente donde todo se toma como verdad absoluta o se destruye como mentira absoluta, la duda se siente peligrosa.
Pero creo que la duda es exactamente lo que necesitamos más.
Hay algo que me parece importante decir sobre las ideas que nos parecen estúpidas. Alguna vez le pareció estúpido a alguien que las mujeres tuvieran derecho a votar. Esas cosas que en su momento parecían absurdas son muchas veces las que nos han hecho avanzar. Silenciar las ideas estúpidas para evitar las externalidades negativas nos hace ciegos a las externalidades positivas. Entender que la libertad de expresar opiniones, aunque sean equivocadas, nos abre las puertas a desarrollar pensamiento crítico, a entender nuestro entorno, a mejorar como seres humanos.
No soy dueño de la verdad. Nadie lo es. Lo que digo nace de mi experiencia, de lo que he aprendido, de cómo veo el mundo desde donde estoy parado. Es una perspectiva, no una certeza. Y espero que quien me lea lo entienda así.
Porque si en algo confío es en esto: el conocimiento evoluciona, las personas evolucionamos, y lo único que nos permite seguir haciéndolo es mantener la duda viva.
Es mantenernos curiosos siempre.
Solo sé que nada sé.
Aunque de eso tampoco estoy seguro.
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