El tamaño si importa y no quiero ser un elefante
Cuando comencé a emprender quería crecer. No por avaricia, no se trataba de hacerme millonario. Se trataba de construir algo que se mantuviera en el tiempo. Y en mi cabeza, algo que se mantiene en el tiempo es algo grande. Había que crecer. ¿Por qué? Porque sí. Porque así se hace. Porque nadie lo cuestiona.
Y crecimos.
Una sucursal con más de mil alumnos. Otra con más de cuatrocientos en una zona que supuestamente no era "de altos ingresos". Una tercera que con el estallido social de por medio y pocos meses de apertura llegó cerca de los trescientos. Cada vez que cuento esos números en los círculos de CrossFit, la cara de la gente es de asombro. Eso, creíamos, era el éxito.
Estábamos construyendo un elefante.
Un elefante es robusto en su día a día. Enorme, pesado, ningún depredador común puede moverlo. Pero esa misma escala lo vuelve frágil ante lo imprevisto. Un paso en falso y su propio peso se convierte en su peor enemigo.
Después de cuatro o cinco meses de pandemia, encerrados, con el miedo instalado en todos, el elefante tropezó. Y cuando tropezó, no cayó solo. Se cayó todo lo que había adentro. El equipo se separó. La comunidad se desarmó. Las confianzas que habíamos construido durante años se destruyeron en semanas. El individualismo reemplazó al colectivo porque cada uno estaba pensando en cómo salvarse a sí mismo. No era culpa de nadie. Era el peso del elefante aplastando todo lo que había debajo.
Ese fue el momento más duro. No el cierre de locales, no los números. Ver cómo algo que habíamos construido juntos se deshacía desde adentro.
La pandemia no me enseñó para dónde tenía que ir. Me mostró que no podía volver a donde ya estaba. Había recorrido un camino por las razones equivocadas y había perdido el norte. El tamaño era un tema de ego. Lo que creíamos robusto era frágil. Y mientras más crecíamos por crecer, más expuestos estábamos a todo lo que no podíamos predecir.
Lo que aprendí no fue que el crecimiento es malo. Fue que el crecimiento sin conexión es fragilidad disfrazada de éxito.
Hoy veo el seguir creciendo por crecer como una pérdida de impacto. Y esa pérdida de impacto hace el proyecto frágil. Cuando creces más rápido de lo que puedes sostener la conexión, aparecen las grietas. Y las grietas no se ven cuando todo va bien. Se ven exactamente cuando más las necesitas ocultar.
Por eso hoy elegí un tamaño que puedo controlar. No porque no quiera crecer. Sino porque entiendo que el crecimiento real va a llegar solo cuando hayamos cerrado esas grietas. Cuando el equipo esté sólido, cuando la comunidad esté conectada, cuando el impacto sea real y sostenido. Ese día el crecimiento va a ser una consecuencia, no un objetivo.
Antes de eso, no.
Hoy en Acción veo parejas que se formaron acá. Veo hijos que nacieron de esas parejas. Veo papás entrenando en el programa senior mientras sus hijos entrenan en el kids. Veo familias que llevan años acá, no porque los tengamos atrapados en un contrato, sino porque encontraron algo que los sostiene. Y lo que los sostiene no es la actividad física. Es la conexión humana que se construye alrededor de ella.
Eso es lo que quiero que sea Acción. No el box más grande. El que genera más impacto en las personas que lo eligen.
No quiero volver a ser un elefante. Quiero construir algo antifrágil. Algo que se vuelva más fuerte con el paso del tiempo, no a pesar de él. Algo que cuando llegue el siguiente golpe, porque siempre llega, salga más sabio y más capaz de lo que entró.
Quiero un equipo que crece, no que sobrevive. Quiero alumnos que se quedan porque quieren, no porque no encontraron nada mejor. Quiero estar en mi negocio, no solo mirar cómo avanzan los números desde arriba. Quiero conocer a mi equipo, conocer a mis alumnos, guiar el proyecto desde el frente.
Y quiero ver generaciones. Familias que compartan la actividad física no como una competencia entre unos y otros, sino como una manera de volverse más capaces, más fuertes, más conectados. Personas que se hacen antifrágiles porque se enfrentan a la dificultad juntas.
Ese es el legado que quiero construir.
No el más grande.
El que soporta el paso del tiempo porque las personas que lo habitan se vuelven más fuertes con él.
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