El diagnóstico no es tu destino
Tengo déficit atencional. Esta frase la escucho cada vez más. Y cada vez que la escucho noto lo mismo: la persona la dice como una sentencia. Como si ese diagnóstico cerrara la conversación sobre lo que podría llegar a ser.
Eso es exactamente el problema.
No estoy invalidando los diagnósticos médicos. Los entiendo como lo que son: una descripción de un punto en el tiempo. Lo que sí estoy cuestionando es lo que hacemos con ellos. Porque hay una irresponsabilidad enorme en usar un diagnóstico para predecir el futuro de una persona. Y esa irresponsabilidad tiene consecuencias reales, aunque venga cargada de buenas intenciones.
Eso tiene nombre: iatrogenia. El daño que produce el que viene a ayudar.
Hace un tiempo llegó a Acción una persona que venía de la rehabilitación de un accidente grave. Daño neurológico. Capacidades físicas afectadas. Su médico le había comunicado, de alguna manera, que no iba a mejorar más. Tal vez esas no fueron las palabras exactas. Pero eso fue lo que entendió. Y eso es lo que importa, porque fue lo que quedó instalado como verdad en su cabeza.
Lo evaluamos y fuimos directos: podía seguir mejorando. ¿Cuánto? Nadie puede saberlo. La neuroplasticidad, la capacidad del cerebro de reorganizarse y seguir aprendiendo, es uno de los fenómenos menos predecibles de la biología humana. Nadie sabe exactamente hasta dónde puede llegar alguien hasta que lo intenta de verdad.
Y quien dice que ya llegó al techo le está poniendo un límite que no le corresponde poner.
Sí, hay cosas que no vamos a poder cambiar. Eso también es cierto. Pero entre lo que está fijo y lo que no está escrito hay un espacio enorme. Y ese espacio es donde vive todo lo que podemos construir. El problema es cuando el diagnóstico colapsa ese espacio y le dice a la persona que ya no hay nada más. Que lo que es hoy es lo que será siempre.
Eso produce una narrativa de víctima que deja a las personas atrapadas. Porque el mindset, la historia que te cuentas a ti mismo, define lo que crees que puedes hacer. Y si esa historia empieza con un límite impuesto por alguien más, cada intento se convierte en confirmación de esa limitación.
Pienso en los niños que no podían quedarse sentados en el colegio. Los que el sistema etiquetó rápido como problema. Muchos de ellos no eran menos inteligentes. Simplemente aprendían de otra manera. Su individualidad no encajaba en la curva normal y el sistema los trató como defecto. Muchos de esos niños hoy están en el mundo del fitness, no porque fracasaron en otra cosa, sino porque encontraron un espacio donde su manera de ser tiene sentido.
Tu individualidad es lo más valioso que tienes. Y nadie, ningún médico, ningún sistema, ningún diagnóstico, puede definir hasta dónde puedes llegar.
La historia que te cuentas a ti mismo es tuya. Cuídala.
Porque es la única que determina lo que vas a construir con el tiempo que tienes.
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