El CEO que nunca quise ser
Estoy sentado en un aeropuerto. Es la tercera vez que hago este viaje a la conferencia de 2Brain Business. No tengo del todo claro si voy a seguir con la mentoría el próximo año. Pero tengo muy claro que todo lo que aprendí con ellos cambió la manera en que veo mi negocio, mi rol dentro de él, y la vida que quiero construir.
Eso, para mí, ya justifica el viaje.
Hace catorce años, cuando empecé con Acción, tenía una imagen muy concreta de lo que era construir una empresa. Venía del mundo corporativo, de una formación que me enseñó a admirar las grandes organizaciones, los grandes volúmenes, las estructuras escalonadas. Leía las biografías de Elon Musk, Steve Jobs, Richard Branson, y veía en esos modelos algo a lo que aspirar. El éxito se veía como una corporación. Mi rol se veía como el del CEO de esa corporación.
Así que fui en esa dirección. Construí lo que llamé Acción Headquarters. La visión era tener sucursales, escalar, crecer en volumen, llegar a miles de personas. Todo respondía a esa imagen que traía en la cabeza desde la universidad.
Y durante mucho tiempo me pregunté por qué se sentía mal algo que supuestamente era lo correcto.
En el año 2020 me uní a 2Brain Business. Al principio lo vi con recelo. Era un modelo distinto al que conocía y lo distinto siempre genera resistencia. Pero de a poco fui incorporando lo que proponían y algo empezó a resonar de una manera que no esperaba.
La primera vez que vine a la conferencia fue un gran logro personal. Era el comeback después de la pandemia, después de haber perdido casi todo y haber tenido que reconstruir desde cero. La segunda vez vine con alguien de mi equipo y aprendí mucho más que en la primera. Llegué con más preguntas, me llevé más respuestas.
Pero lo que realmente me abrió los ojos no fue ninguna presentación. Fue una conversación.
Compartir con otros dueños de negocio que nunca tuvieron esa imagen corporativa en la cabeza, que aprendieron otro modelo desde el principio y simplemente lo hicieron funcionar. Personas que construyeron organizaciones sólidas sin el MBA, sin el background financiero, sin la obsesión por la escala. Que hablaban de rentabilidad, de calidad de vida, de sistemas, de impacto, como si fueran cosas naturales de un negocio bien construido. Y que llegaban a niveles de rentabilidad que yo asociaba únicamente con el modelo corporativo que tanto había estudiado.
Eso me sacudió. Porque revelaba algo que nadie me había dicho: que ese otro modelo no era el único camino para construir algo valioso.
Hoy veo con total distancia la imagen del CEO corporativo que alguna vez creí que debía ser. No era lo que quería. Me salí del mundo corporativo precisamente porque eso no era yo. Quería aprender, crear, estar cerca de las personas, sentir que mi identidad estaba completa en lo que hacía.
El CEO que quiero ser es uno que guía desde adentro, no desde arriba. Que puede estar en una clase, en una conversación de mentoría, en el desarrollo de un proyecto nuevo. Que no mira cómo otros hacen las cosas sino que es parte de cómo se hacen. Que privilegia su tiempo, su energía, su pasión. Que construye un negocio estable y rentable sin tener que desgastarse a sí mismo ni a su entorno. Que entiende que el crecimiento no siempre es en volumen. A veces es en profundidad, en impacto, en valor por persona.
Y eso es exactamente lo que quiero transmitir a otros.
Tengo un programa de mentoría que se llama De Coach a CEO. Y quiero ser muy claro con quienes llegan: el CEO en el que los quiero convertir no es el del corporate suit. No es el que gestiona desde lejos, desde arriba, desde una pirámide. Es el que está metido donde pasan las cosas. El que conoce a sus alumnos, a sus coaches, a su comunidad. El que genera valor por sobre el volumen. El que entiende que el impacto y la profundidad del servicio son más importantes que las métricas de escala.
Cuando un emprendedor llega a mí con la idea de abrir su segundo o tercer local, antes de responder le pregunto si tiene claro para qué. Porque muchas veces lo que busca no es más escala. Es más libertad. Y esas dos cosas no siempre van en la misma dirección.
Estoy en un momento de transición. Estoy cambiando de mentor, explorando nuevos proyectos, buscando el siguiente capítulo. No tengo todo claro. Pero sí tengo algo muy claro: el modelo de CEO que quiero encarnar no responde a lo que me enseñaron en la universidad.
Acabo de mirar hacia el otro lado del aeropuerto. Hay un tipo caminando con maletín, terno y camisa impecable. Viaje de negocios. Ejecutivo corporativo. La imagen exacta que alguna vez creí que debía ser.
Yo estoy sentado con zapatillas rotas.
Soy el CEO de un pequeño emprendimiento que gestiono con responsabilidad, con criterio, con métricas, con claridad. Pero no respondo a los patrones de ese otro sistema porque no me interesa llegar a ese otro lugar. No voy a seguir un camino que no quiero recorrer para llegar a un destino que no quiero alcanzar.
El tipo del terno sigue caminando. Yo me quedo con mis zapatillas rotas y mis ideas claras.
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