Dejemos de mentirnos
Todos nos mentimos. Yo el primero.
Me gusta decir que hago cosas difíciles. Que busco la incomodidad. Que no le huyo al esfuerzo. Y en parte es verdad. Pero solo en parte.
Este viaje a Chicago lo tengo agendado hace meses. Lo planifico, lo pago, lo ejecuto. Pero antes de llegar acá, en el día a día, rehúyo exactamente el tipo de incomodidad que este viaje me exige. Las conversaciones difíciles que no tengo. Los espacios donde me sentiría pequeño y que evito. Las conexiones que no construyo porque hacerlo da vergüenza, porque implica exponerse, porque nadie quiere sentir que no es suficiente.
Y entonces llego acá, a una sala llena de personas de todo el mundo, hablando en otro idioma, sintiéndome chico de una manera muy real, y me doy cuenta de que esto es exactamente lo que evito el resto del año.
No soy la excepción. Somos todos así.
Nadie quiere sentir esa vergüenza. Nadie quiere pararse en un lugar y sentir que viene de más lejos, que habla peor, que tiene menos. Es un instinto muy humano protegerse de eso. Y lo hacemos constantemente, en el gimnasio, en los negocios, en la vida. Nos quedamos en lo conocido, en lo cómodo, en lo que ya sabemos hacer bien.
En la industria del fitness latinoamericana lo veo todo el tiempo. Una industria fragmentada, desconectada, que raramente sale de su propio círculo a buscar perspectiva afuera. Que escucha siempre a los mismos porque es más cómodo. Que copia lo que tiene al lado en lugar de construir algo propio. Que baja precios en lugar de subir el valor. Atrapada en sus propios prejuicios, sin animarse a abrirse a otros modelos, a otras realidades, a otras conversaciones.
No lo digo desde afuera. Lo digo como alguien que también lo hace, que también rehúye, que también se queda en lo conocido más de lo que debería.
Pero hay algo que aprendí entrenando que creo que aplica acá también. Al principio entrenar era difícil. Incómodo, exigente, a veces agotador. Con el tiempo se fue convirtiendo en hábito. Y el hábito se convirtió en sostén, en un lugar donde me siento bien conmigo mismo, capaz, completo. La incomodidad inicial no desapareció del todo, pero dejó de ser una razón para no ir.
Creo que lo mismo puede pasar con esto. Con exponerse. Con buscar espacios nuevos. Con conectar con personas que piensan distinto, que vienen de otro lado, que han resuelto los mismos problemas de maneras que nunca se nos ocurrirían. Al principio da vergüenza. Da miedo. Te hace sentir pequeño.
Y si te da miedo, bien. Hazlo igual.
Porque lo que perdemos como industria al no tener esas conversaciones, al no estar en esas salas, al no escucharnos y unirnos, es mucho más grande que la incomodidad de estar ahí.
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