¿Cuanto quieres ganar?

Esta pregunta siempre deja helado a los emprendedores con los que converso. Se toman unos segundos, miran hacia un lado, y responden un número. Por lo general es un número bajo. Un número dubitativo. Un "más o menos tanto, algo así".

Entonces pregunto: ¿te alcanza para vivir bien con eso?

Y la respuesta es casi siempre la misma: "Sí, puedo sobrevivir con eso."

Sobrevivir. Esa palabra lo dice todo. Nadie construye un emprendimiento para sobrevivir. Nadie se levanta a las seis de la mañana, invierte sus ahorros, sacrifica fines de semana, construye algo desde cero, para sobrevivir. Pero después de años de luchar, de inyectarle recursos al negocio creyendo que esta vez sí, de pagar a todos antes de pagarse a uno mismo, ese es el número que queda en la cabeza. No el número que quieren. El número que temen necesitar.

Eso no es un problema de ambición. Es un problema de esperanza perdida.

Los emprendimientos que busco acompañar nacen de las ganas de compartir algo con el mundo, no de la sobrevivencia. El entrenador que quiere ayudar a personas a transformar su vida. El que tiene un restaurante y quiere crear un espacio donde la gente conecte. El que enseña ajedrez porque quiere que más personas descubran esa disciplina. Todos tienen en común un propósito que busca dejar una marca.

Pero en algún punto del camino ese propósito se pierde. El sueño muta hacia "lo que tiene el mercado", hacia "lo que tengo que hacer para llegar a fin de mes". Y el emprendedor termina atrapado en una pesadilla que no reconoce como propia, sin poder ver cómo salir.

Hace poco escuché una frase que me dejó pensando: no puedes leer la etiqueta desde adentro del tarro. Es exactamente lo que les pasa a esos emprendedores. Están tan metidos adentro del problema que no pueden ver lo que alguien desde afuera ve en segundos. No es falta de inteligencia. Es falta de perspectiva. Y esa perspectiva es exactamente lo que una voz externa puede dar: alguien que te acompañe, que te guíe, que celebre contigo, y que también te diga esas verdades difíciles que nadie más te dice.

Desde hace un par de meses estoy trabajando, junto a Peter, en construir Perfect Day Living. Un programa de mentoría que nace de todo lo que he aprendido emprendiendo, pero también de lo que no quiero seguir viendo. No quiero más el emprendedor mártir. No quiero más ese número dubitativo que huele a resignación. Quiero ayudar a los emprendedores a volver a soñar, pero a construir el sueño completo. El que incluye al emprendedor adentro, no solo al negocio.

Porque emprender bien no es solo construir algo que funcione. Es construir una vida que valga la pena mientras lo haces.

Yo lo viví. Tuve momentos duros, noches difíciles, golpes que no esperaba. Pero también logré vivir de lo que amo, construir una familia, mantener lo importante en su lugar. Nunca dejándome de lado a mí. Buscando el éxito, pero no el que otros definen. El mío. El que no está en una cantidad de dinero sino en poder seguir soñando, en nunca dejar de disfrutar lo que hago, en vivir la vida a mi manera.

Eso es lo que quiero compartir.

Trabajar menos. Ganar más. Vivir más.

No como un slogan. Como una manera real de construir un emprendimiento que te deje ser quien eres mientras lo construyes.

Si estás en ese lugar donde el número que dices en voz alta no es el número que quieres de verdad, hablemos. Porque ese número que temes necesitar no tiene que ser el techo. Puede ser el piso desde donde empezamos a construir algo mejor.

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