La claridad es un superpoder
Ayer tuve una sesión con Sergio. Sergio es emprendedor, lleva tiempo en esto, y llegó a la reunión con esa energía particular que reconozco de inmediato: el cansancio acumulado de alguien que ha peleado mucho y siente que no avanza. Cada obstáculo nuevo no es solo un obstáculo, es un golpe más a una confianza que ya viene dañada. Y cuando la confianza se erosiona así, de a poco, lo que empieza a pasar es que la persona empieza a buscar refugio en lo que puede controlar, en lo que le da sensación de utilidad, mientras la incertidumbre del camino real le pega cada vez más fuerte.
Lo que describía Sergio no era un problema de capacidad. Era un problema de dirección.
Le pedí que hiciera un ejercicio simple: que escribiera qué quería lograr. No que me lo contara, que lo escribiera. Y lo que apareció en esa hoja me dijo todo lo que necesitaba saber. Sus expectativas eran generales, ambiguas, llenas de conceptos que suenan bien pero que no dicen nada concreto. Quería tener un negocio, pero no definía qué significaba eso para él. Quería aprovechar sus capacidades, pero no nombraba cuáles. Quería libertad para tomar decisiones, pero nunca había examinado qué decisiones, ni en qué contexto, ni a qué costo.
La conversación que siguió daba vueltas y vueltas. Y ese dar vueltas no era señal de que Sergio no sabía pensar. Era señal de que estaba tratando de resolver un problema de claridad con más palabras, cuando lo que necesitaba era menos palabras y más honestidad.
Porque ese es el patrón. No solo en el emprendimiento. En el fitness, en la nutrición, en cualquier proceso largo que requiere esfuerzo sostenido. Las personas llegan con objetivos que suenan razonables y que en realidad no dicen nada. Quiero bajar de peso. Quiero ser feliz. Quiero crecer mi negocio. Y desde esa ambigüedad intentan construir un camino. Pero un camino sin destino preciso no es un camino, es un deambular que eventualmente agota.
Lo que pasa después es predecible. Los procesos fallan no porque las personas sean incapaces, sino porque nunca definieron con claridad suficiente lo que querían conseguir. Y cuando los resultados no llegan, la interpretación natural es que el problema es el método. Entonces se cambia el método. Y después el siguiente. Y el siguiente. Saltando de cosa en cosa, improvisando en el camino, convenciéndose de que la próxima opción va a ser la correcta. Cuando el problema nunca fue el método. Fue la falta de claridad con la que se entró al proceso.
Los seres humanos somos muy buenos para decir lo que queremos y muy distintos en lo que realmente hacemos. Y esa brecha entre lo que decimos y lo que hacemos es la prueba más honesta de lo que realmente nos importa. Porque el esfuerzo sostenido requiere energía real, y esa energía solo aparece cuando algo genuinamente nos importa. Cuando el objetivo es vago, cuando es lo que creemos que deberíamos querer en lugar de lo que realmente queremos, esa energía no aparece. Y entonces buscamos atajos, queremos saltarnos el proceso, queremos llegar al resultado sin atravesar lo que el resultado requiere.
La claridad no garantiza el éxito. Pero sin ella, el éxito es solo suerte. Y depender de la suerte no es una estrategia, es una esperanza.
Entonces, antes de seguir avanzando, antes de cambiar de método, antes de buscar la próxima solución, hazte las preguntas que Sergio tuvo que hacerse esa tarde:
¿Qué quieres lograr exactamente? No en general. Con precisión. ¿Cómo se ve cuando lo logras? ¿Qué tiene que ser cierto en seis meses para saber que estás en el camino correcto? ¿Lo que estás persiguiendo es realmente lo que quieres, o es lo que crees que deberías querer? ¿Estás persiguiendo tu definición de éxito o una que heredaste de otra persona?
Y la más incómoda de todas: ¿estás dispuesto a hacer lo que ese objetivo realmente requiere, o solo estás dispuesto a hacer lo que te resulta cómodo?
Esa última pregunta es la que separa los procesos que llegan a algún lado de los que no.
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