El último gimnasio de tu vida

Hay una imagen que me persigue desde hace tiempo. Son todas las personas que han pasado por Acción y ya no están. Se vienen cada cierto tiempo a mi mente. Me acuerdo de alguien "random" al que le hice clase, con el que tuve una asesoría o con quien compartí un entrenamiento y por un segundo pienso "¿que será de .....?

El Eduardo González, que llegó con sobrepeso severo a los casi cuarenta años, ha entrenado durante mucho tiempo con nosotros,  a veces sigue entrenando, a los más de cincuenta, pero cada vez me cuesta más traerlo de vuelta. El Sebastián Aravena, que fue parte de clases emblemáticas, que le duele la rodilla, va y viene, aunque en el último tiempo va más que viene, le ha costado mantenerse. El Mati Michelson, hoy padre, nuevamente, hace rato que no lo veo. Miguel Herranz, me tocaba hacerle clases a las 6 AM, y con quien sigo hablando, aunque ya no lo veo entrenar. El gran Ariel Keller, un gran alumno durante mucho tiempo, que en algún momento sintió que no le podíamos entregar lo que necesitaba y se fue a buscarlo a otro lado. Simplemente dejó de creer en nosotros.

Cada una de esas historias es una historia de fracaso. No porque hayan fallado ellos, sino porque no estuvimos a la altura. No fuimos capaces de conectar lo que hacemos con lo que cada uno de ellos necesitaba en ese momento. Y eso me pesa. Catorce años entrenando personas y todavía no lo resolvemos del todo.

Pero también me ha enseñado mucho. La diferencia entre los que se quedan y los que se van no está en la condición física ni en el tiempo disponible. Está en algo más profundo. Los que se quedan logran entender que el camino es infinito. Que no siempre va a verse bien ni a sentirse fácil. Que van a existir altos y bajos. Que los días difíciles son parte del proceso y no una señal de que algo está mal. Dejan un poco el ego de lado pero también lo escuchan. Confían en el proceso y se entregan a él. Y en cada paso, por pequeño que sea, encuentran una victoria.

Los que se van, en general, todavía están buscando la motivación correcta, el método correcto, la moda correcta. Pilates, Hyrox, Building, lo que sea que prometa resultados más rápidos o clases más entretenidas. Saltando de una cosa a otra para mantenerse distraídos con la novedad, sin poder meterse en un proceso real. Y los procesos reales no son siempre entretenidos. No quiere decir que sean fomes. Quiere decir que a veces hay que hacer lo que toca aunque no tengamos ganas, porque es lo que necesitamos y no lo que queremos.

Eso es lo que quiero cambiar.

Quiero que Acción sea el último gimnasio en la vida de las personas. No el más grande, no el más famoso, no el más cool. El último. El que llegó para quedarse. El que acompaña desde el día que entras hasta el día que se acaba tu vida. Y quiero que esa vida haya valido la pena porque tuviste la capacidad física para vivirla como querías.

Eso implica entender algo que la industria del fitness no quiere aceptar: el movimiento no es entretenimiento. Es un pilar fundamental del desarrollo humano. Tu cuerpo necesita fuerza, potencia, capacidad cardiorrespiratoria, rangos de movimiento, coordinación, resistencia. Necesita sentirse vivo. Y ninguna de esas cosas se construye saltando de moda en moda. Se construyen con tiempo, con proceso, con compromiso sostenido.

El envejecimiento no tiene que ser fragilidad. Pero para que eso sea cierto hay que empezar a construirlo hoy, no cuando el cuerpo ya empezó a ceder. Y ese construirlo no es simple ni siempre agradable. Por eso el rol del gimnasio no puede ser solo entretenerte. Tiene que ser acompañarte. Conocerte. Ayudarte a encontrar tus motivadores reales. Contenerte cuando flaqueas. Exigirte cuando puedes más. Estar ahí cuando la vida aprieta y el entrenamiento es lo último que quieres hacer, y precisamente por eso es lo más importante.

Después de catorce años tengo más claro que nunca que no me interesa ser una moda. Me interesa ser un sustento. Una compañía de largo plazo. Alguien que está ahí cuando las luces se apagan y los resultados quedan.

No lo hemos logrado del todo. Todavía hay Eduardos que no vuelven y Sebastianes que van y vienen y Arieles que se van a buscar a otro lado lo que no les supimos entregar. Cada una de esas historias es un recordatorio de que tenemos que ser mejores.

Y después de catorce años, creo que llegó el momento de serlo.

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