El conocimiento que no se pone a prueba no vale nada

El fin de semana tuve una pelea con mi familia. No una discusión amable, una pelea de verdad. Ellos defendían el valor de los académicos, de los intelectuales que se dedican a pensar como función principal. Lo ven como uno de los pilares de la sociedad. Yo lo veo, en su forma actual, como una de sus lacras.

No lo digo para molestar. Lo digo porque lo creo. Y estoy dispuesto a defenderlo.

El problema no es el pensamiento. El problema es el pensamiento sin consecuencias. Sin feedback. Sin el momento en que la realidad te dice que estás equivocado y tienes que comerte ese error. Eso tiene nombre en inglés: skin in the game. Piel en el juego. Y la academia, en su forma actual, está diseñada para operar sin ella.

El médico que recomienda un tratamiento que no funciona generalmente no paga consecuencias. No porque sea malo, sino porque la demanda lo protege. El paciente no vuelve, pero hay otro esperando. El único error que realmente le cuesta es el que daña directamente al paciente. Dar un tratamiento ineficaz, uno que simplemente no produce resultados, no tiene costo para él. En la medicina china tradicional el doctor cobra mientras el paciente está sano y deja de cobrar cuando el paciente se enferma. Eso es poner los incentivos en el lugar correcto. Lo que tenemos hoy es exactamente lo opuesto.

El consultor que diseña una restructuración cobra su honorario y se va. Puede que eventualmente su reputación sufra, pero puede pasar por ese loop varias veces antes de que el mercado lo regule. Y el académico que publica una hipótesis que no replica no pierde nada, porque esa hipótesis nunca se pone a prueba en la realidad. Simplemente queda como hipótesis. ¿Quién la necesitaba? Nadie. Pero alguien consiguió el financiamiento de algún fondo concursable y el estudio se hizo igual.

Porque a eso llegamos. A estudios que uno lee y no puede creer que alguien haya dedicado dinero y tiempo a eso. Tocarse la nariz cuatro veces al día puede aumentar las probabilidades de encontrar pareja. No lo inventé. Ese tipo de cosas existen. Y existen porque el sistema no tiene un filtro de utilidad real. No hay nadie preguntando si esto le sirve a alguien fuera del laboratorio. No hay consecuencia si no sirve. Entonces se produce igual.

Y acá está la ironía más grande de todo esto: hoy las universidades solucionan el problema de los académicos poniéndolos a hacer clases. Como si eso fuera exposición real a la realidad. No lo es. Es poner a alguien sin piel en el juego a formar a los que van a tener piel en el juego. El que no tiene consecuencias reales enseñándole al que va a tenerlas. Y la universidad lo hace porque le conviene, porque tiene a este tipo con sueldo fijo y lo puede poner a cubrir horas bajo su estructura de costos. Pero no tiene un buen profesor. Tiene a alguien que hace clases como castigo, como el precio que paga para poder seguir escribiendo papers. Lo vi en la universidad. Grandes próceres del pensamiento que eran pedagogos miserables porque en realidad no querían estar ahí. Simplemente cumplían horas.

Eso no es método científico. Es el simulacro del método científico con la estética del rigor pero sin la sustancia.

Y el resultado es lo que vemos: una crisis de replicabilidad en ciencias sociales, psicología y nutrición que el propio campo ha documentado sobre sí mismo. Más del cincuenta por ciento de los estudios publicados en psicología no se replican. En nutrición el número es peor. Miles de millones de dólares gastados en hipótesis que nunca sobrevivieron el contacto con la realidad. Y el sistema sigue funcionando igual porque nadie paga el costo del error.

Lo que me molesta no es que existan pensadores. Me molesta que confundamos pensar con producir conocimiento.

Y acá aparece el error que más me cuesta entender. Cuando un sistema no entrega resultados, la respuesta instintiva es meterle más recursos. Más financiamiento, más investigadores, más universidades, más programas. Como si el problema fuera de cantidad y no de diseño. Como si un sistema mal construido pudiera corregirse simplemente alimentándolo más.

No puede. Los sistemas mal construidos consumen recursos de manera desbordante sin generar valor proporcional. Hay una ley de rendimientos decrecientes que opera con una brutalidad que nos negamos a ver: a partir de cierto punto, cada peso adicional invertido en un sistema disfuncional produce menos resultado que el anterior. Y cuando los incentivos están mal puestos, esa curva cae antes de lo que creemos.

Lo que estamos haciendo en la academia es exactamente eso. Seguimos invirtiendo en un sistema que una vez produjo resultados valiosos, asumiendo que más inversión va a producir más resultados. Sin preguntarnos si el sistema sigue siendo el correcto. Sin medir lo que realmente importa. Sin exigir que los recursos rindan cuentas en términos de impacto real en el mundo. Es la misma iatrogenia de siempre. Las buenas intenciones, la incapacidad de ver cómo lo que hacemos influye en variables que no controlamos, y el resultado que termina siendo lo opuesto de lo que buscábamos.

Pero hay algo más profundo que eso. Las hipótesis no nacen del vacío. Nacen de la observación del mundo real. El que está dentro del fenómeno, viviéndolo, fallando contra él, viendo los patrones que emergen día tras día, tiene acceso a un tipo de conocimiento que ningún laboratorio controlado puede reproducir. Su subconsciente procesa miles de señales antes de que su mente consciente pueda articularlas. La intuición precede a la hipótesis. Y esa intuición solo se genera en contacto con la realidad.

El intelectual de escritorio no tiene ese contacto. Se ha desconectado del fenómeno que pretende estudiar. Sus hipótesis nacen del vacío, se alimentan de otras hipótesis, y nunca enfrentan el momento donde la realidad dice que están equivocadas. Son ejercicios de pensamiento sin estímulos correctos. Sofisticados en la verborrea, sofisticados en la capacidad de generar argumentos. Pero ignorantes en cómo funcionan las cosas realmente. Venir de afuera a decirle a alguien cómo tiene que hacer lo que hace todos los días tiene una connotación profundamente negativa. No porque la persona que lo hace sea hostil. Sino porque ese consejo no tiene sustrato real. No tiene el peso de haber fallado contra el problema.

CrossFit no nació de un paper. Nació de alguien que estaba dentro del mundo del fitness, viendo un problema todos los días, buscando replicar resultados a través de un método. El observador estaba metido en el fenómeno. Vio algo que no podía desver y construyó una solución. Después la academia puede entrar a verificar los resultados o preguntarse el porqué, y me parece bien que lo haga. Pero en la realidad, en el día a día, necesito resultados. No hipótesis de dudosa procedencia construidas por alguien que nunca pisó un gym.

Los hermanos Wright eran mecánicos de bicicletas. Su competidor directo, Langley, era el académico financiado por el gobierno con todos los recursos del Estado. Los Wright volaron. Langley construyó máquinas costosas que se hundieron dos veces en el río Potomac. El sistema sin consecuencias produjo el fracaso caro. El sistema con piel en el juego produjo el vuelo.

Lo que propongo no es abolir el pensamiento teórico. Es obligar a que ese pensamiento tenga contacto con la realidad que estudia. Un académico que trabaje medio tiempo en el rubro que investiga no es un académico disminuido. Es un académico más valioso. Porque su hipótesis nace de lo que observa en el mundo real, no de lo que imagina desde el escritorio. Y si quiere financiamiento, que demuestre resultados. No potencial. Resultados. Si la hipótesis no produce nada verificable en un plazo razonable, se corta el financiamiento. Bienvenido al mundo de los que tienen piel en el juego.

Einstein no recibió financiamiento para pensar en la relatividad. Trabajaba en la oficina de patentes y pensaba en sus horas libres. Le pagaron después, cuando produjo resultados consistentes y sistemáticos. Eso es lo que deberíamos exigir. No pagar a la gente por pensar, sino por pensar y demostrar. El que tenga una hipótesis por la cual está dispuesto a todo, que lo demuestre. Que la ponga a prueba. Que cargue con las consecuencias si falla.

No soy un defensor acérrimo del mercado. Para nada. Pero cumple una función que pocos sistemas pueden replicar: aprieta. Cuando una empresa enfrenta una crisis, tiene que limpiar la grasa. No porque quiera, sino porque si no lo hace, la caja se pierde y deja de ser sostenible. Esa presión obliga a corregir, a priorizar, a eliminar lo que no genera valor. Los sistemas requieren presión para pulirse. El diamante requiere presión para desarrollarse y brillar. Sin esa presión, los sistemas se vuelven obesos, consumen recursos sin rendir cuentas, y nadie paga el costo de su ineficiencia. La academia opera sin esa presión por diseño. Y los resultados están a la vista.

Eso es un intelectual real para mí. No el que piensa bien. El que pone a prueba su intelecto y lo lleva a desarrollar algo. El que quiere ver su hipótesis implementada en el mundo real y funcionando. El que carga con las consecuencias cuando falla. Ese intelectual multiplica su propio valor. Ese es el que necesitamos.

Soy un observador sesgado. Lo reconozco. Estoy viendo desde mi posición específica, con mis limitaciones, con mi historia. Pero esa honestidad es más rigurosa que la mayoría de los papers donde el autor esconde su posición detrás del lenguaje de la objetividad. Al menos yo sé de dónde viene lo que digo. Y lo que digo tiene catorce años de feedback loop detrás.

Mi familia me va a seguir defendiendo a sus intelectuales. Y yo los voy a seguir queriendo igual. Pero no voy a cambiar de opinión. Porque esta no es una posición que construí en un escritorio.

Es una posición que construí observando, fallando, corrigiendo.

Y eso, para mí, es lo que la hace válida.

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