El compromiso con el Fitness

Durante mucho tiempo mi obsesión fue traer a más personas a entrenar. Sacarlas del reposo, del sedentarismo, del momentum cero. Y eso tiene sentido, porque es una de las cosas más difíciles que existen. El primer paso siempre es el más costoso.

Pero con el tiempo me fui dando cuenta de que me había olvidado de algo igual de importante. Mantener ese momentum. Y más que mantenerlo, seguir imprimiéndole intención para que las personas llegaran realmente a los resultados que buscaban. El proceso no termina cuando alguien empieza a entrenar. Termina, si es que termina, cuando esa persona ya no necesita que nadie le recuerde por qué vale la pena.

Ese es el error que cometí. Y es el que siento que seguimos cometiendo.

Porque hay un patrón que veo repetirse constantemente. La persona llega, da el primer paso, empieza a entrenar dos o tres veces a la semana, y ahí se queda. No porque no quiera más. Sino porque nadie le mostró con claridad cuál era el siguiente paso. Y cuando los resultados no llegan al ritmo esperado, empieza a sentir que algo no funciona. Busca otro sistema. Pilates, Hyrox, funcional, lo que sea. Como si el problema fuera el método y no la dosis. Como si hubiera un santo grial del entrenamiento que produce resultados sin el compromiso necesario para obtenerlos.

El fitness no se trata de lo que quieres o de lo que te gusta. Se trata de lo que necesitas y con qué frecuencia lo necesitas. Y tu cuerpo necesita más de lo que crees. Fuerza, potencia, capacidad cardiovascular, rangos de movimiento, coordinación, resistencia. Necesita estímulos variados y frecuentes. Un programa de dos días a la semana puede tener sentido como punto de partida para alguien que lleva veinte años sedentario. Para alguien que quiere resultados reales, es un compromiso bajo.

Y los compromisos bajos producen resultados mediocres. Eso no es una opinión. Es una ecuación.

Hay algo más que pocas veces se dice con claridad: el dinero que ahorras hoy en un plan de entrenamiento barato, o en entrenar poco, o en no moverte, te lo va a cobrar tu cuerpo con intereses. La cuenta llega en la farmacia, en el médico, en el kinesiólogo. Llega en el momento en que quieres moverte y ya no puedes con la misma facilidad. Porque los años de malos hábitos acumulan un interés compuesto negativo que no se revierte con un plan de entrenamiento económico. Se revierte con trabajo específico, progresivo y acompañado.

Pero hay algo que también aprendí con el tiempo. Si construyes un hábito desde el mínimo, cualquier tropiezo te deja por debajo del mínimo. La vida siempre se atraviesa. Siempre va a haber una semana difícil, un viaje, una enfermedad, una razón válida para no ir. Y cuando eso pasa, el que construyó su hábito desde el mínimo queda por debajo del mínimo. El que lo construyó de manera ambiciosa, queda en el mínimo. Por eso hay que apuntar alto. No para obsesionarse, sino para tener margen cuando la vida aprieta.

La verdad es que no lo hemos hecho bien. Tenemos mucho que mejorar en guiar a las personas hacia el siguiente paso. Hemos sido buenos en sacarlas del reposo, en recibirlas, en crear comunidad. Pero no siempre hemos sido el coach que lleva del punto A al punto B. El que sabe cuándo empujar, cuándo contener, cuándo mostrarle a alguien que puede más. Hemos sido demasiadas veces el que cuenta las repeticiones, el que corrige el movimiento, el que aplaude cuando entrenas. Y eso no es suficiente.

Eso es lo que quiero que seamos. Y para eso necesitamos el compromiso de los dos. Del coach que guía con intención real, que conoce a su alumno, que tiene claridad sobre hacia dónde lo está llevando. Y del alumno que confía en el proceso, que se compromete con la dosis, que entiende que los resultados no llegan de dos veces a la semana y de compromisos mínimos.

Coach y alumno. Creyendo en el proceso, en el método, siendo constantes y consistentes para lograrlo.

Porque si no, nada de lo demás tiene sentido.

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