No sueño con una vida tranquila
Vivimos mirando hacia adelante con miedo. Las generaciones actuales enfrentan una realidad compleja, la vivienda, el trabajo, la incertidumbre económica, y las redes sociales se encargan de recordarnos constantemente que todos los demás lo están logrando menos nosotros. Sufrimos por un futuro que no ha llegado, que no podemos ver, y que tenemos cerca de cero probabilidades de predecir con precisión. Es curioso que nos paralice tanto algo que, por definición, no controlamos.
El COVID me lo enseñó de la manera más brutal posible.
Tengo guardado el presupuesto 2020 de Acción. Pasé meses construyéndolo. Metódicamente, línea por línea, tratando de predecir cada mes con precisión quirúrgica. Cuántos alumnos nuevos llegarían, cuánto estarían dispuestos a pagar, cuánto sería la inflación. Lo guardo como recordatorio de lo inútil que es intentar adivinar el futuro. En marzo de 2020 ese archivo dejó de tener cualquier valor. No porque lo hubiera hecho mal. Sino porque el futuro simplemente no funciona así.
Lo que el COVID me enseñó no fue a rendirme. Fue a enfocarme en lo que sí podía controlar.
Me di cuenta de que la pregunta no era cuándo vendría la próxima tormenta. La pregunta era si mi barco estaba preparado para sobrevivirla. No se trata de predecir lo que viene. Se trata de construirte hoy para enfrentar lo que sea que llegue mañana. Cada golpe que recibimos en la pandemia nos fue forjando. Nos puso donde estamos ahora. Fue nuestra travesía. Se escribió página a página, con el esfuerzo de cada día, sin saber cuál sería el siguiente capítulo.
Y eso me llevó a hacerme una pregunta que cambió cómo organizo mi vida: ¿cómo me preparo para lo que no conozco?
La respuesta está en priorizar. No en hacer más cosas. En elegir conscientemente qué construir hoy para ser capaz de enfrentar lo que sea que venga mañana. Para mí eso se ve así:
Entreno Jiu Jitsu para aprender a estar cómodo en la incomodidad. Para enfrentar la agresión, la violencia, la presión. Para saber que cuando algo me aplaste, tengo herramientas.
Entreno CrossFit porque no sé qué capacidades voy a necesitar. Como en la vida, no puedo especializarme solo en lo que conozco. Necesito ser un generalista físico, capaz de responder ante lo inesperado.
Leo de temas distintos para aprender de cómo otros enfrentaron sus tormentas. Historia, filosofía, psicología, negocios. No para predecir el futuro sino para tener más herramientas cuando llegue.
Me construyo en espacios de mentoría y enseñanza porque transmitir lo que sé me obliga a entenderlo mejor. Enseñar es la forma más honesta de seguir aprendiendo.
Cuido de mi familia porque un hogar fuerte es el mejor ancla que existe cuando todo lo demás se mueve. No es un lujo. Es el pilar desde el que todo lo demás se sostiene.
Nada de esto me garantiza un futuro tranquilo. Esa no es la meta.
Tener miedo al futuro es, en el fondo, no creer en ti mismo. Es pensar que no eres capaz de enfrentar lo que viene. Y la única respuesta honesta a ese miedo no es predecir mejor. Es construirte mejor. Volverse lo que Taleb llama antifrágil: no alguien que resiste los golpes, sino alguien que se fortalece con ellos.
Miro diez años atrás y no puedo creer donde estoy. Si me hubieran preguntado en 2014 cómo sería mi vida hoy no habría podido escribir esta historia. Y eso está bien. Porque la historia se escribe viviendo, no planeando.
No sueño con una vida tranquila.
Sueño con una vida capaz.
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