La culpa y el falso equilibrio

Hace unos días tuve una conversación que me quedó dando vueltas. Una coach, también madre, hablaba de lo difícil que le resulta preocuparse de ella misma sin sentir que le está fallando a sus hijos. De cómo el rol de madre es el que más culpa le genera, el que más la pesa. De cómo se ha sentido perdida en ese proceso y lo que le ha costado volver a encontrarse. La culpa estaba ahí, se escuchaba en sus palabras y se sentía en su tono. Buscando un balance perfecto entre todo lo que hay que hacer. Sintiéndose siempre al debe.

La reconocí de inmediato. Porque yo también la he cargado.

Durante los primeros años de emprendimiento me perseguía de manera despiadada. Recibía un correo y me sentía culpable de no contestarlo de inmediato. Compulsivamente revisaba los mensajes, incapaz de decir que no. Sentía que si no estaba trabajando estaba fallando. Cada vez que quería tomarme un respiro, mi cabeza me recordaba que podíamos fallar y que si no estaba haciendo todo lo posible la culpa sería mía y de nadie más. La sensación era siempre de estar al debe, de nunca ser suficiente.

Con la comida pasó algo parecido. Durante años creo haber tenido algún tipo de desorden alimenticio sin saberlo del todo. Pasé por distintas relaciones con ella. La adolescencia comiendo como si no existiera un mañana. Los veinte obsesionado con el gimnasio y la masa muscular. Los treinta convertido en un esclavo de los macros y las calorías. En cada una de esas etapas estaba presente la culpa. Lo que debería estar comiendo. Lo que no debería haber comido. Una y otra vez sintiéndome al debe, incapaz de superar esa sensación.

Pero fue la paternidad donde realmente entendí de qué se trata todo esto.

Recuerdo estar con Sofía, mi hija mayor, y no poder estar del todo. No era solo el teléfono. Era todo lo importante compitiendo al mismo tiempo: el negocio que tenía pendiente, la comida que había que cuidar, el entrenamiento que sentía que me debía. Todo lo que me importaba apareciendo en el mismo momento, reclamando atención. Y mientras tanto, ella ahí frente a mí, viviendo uno de esos momentos que no vuelven. La culpa llegaba igual, pero al revés: no por estar trabajando cuando debía descansar, sino por no poder estar de verdad cuando quería estar.

Ahí entendí algo que cambió la manera en que veo casi todo.

No se trata de tiempo. Se trata de atención. Sofía no me necesita a su lado todo el día. Me necesita presente en los momentos que importan. Y lo mismo vale para el negocio, para la comida, para el entrenamiento. Nada de lo que importa deja de importar. Pero no todo puede tener tu atención al mismo tiempo. Cada cosa pide su momento, y cuando ese momento llega, merece estar completo. No contar horas sino hacer que esas horas cuenten.

La culpa me señalaba que algo importaba. Pero no me decía cuándo ni cómo atenderlo. Para eso necesitaba algo distinto: intencionalidad. Decidir conscientemente qué tiene mi atención ahora, y dársela entera. No hacer todo al mismo tiempo sino enfocarse en lo que está al frente y disfrutarlo de verdad. La culpa es la brújula. La intencionalidad es el paso.

Lo que estaba buscando no era el balance perfecto. Bastó con observar a mis hijas cuando eran pequeñas aprendiendo a caminar. Ninguna lo logró de un día para otro. Se caían, se desequilibraban, volvían a intentarlo. Una y otra vez. Y de ese desequilibrio constante, de esa caída repetida, nació el balance. No a pesar de las caídas, sino gracias a ellas. La balanza va de un lado al otro, a veces con fuerza. Pero siempre vuelve al centro, a los valores, a lo que realmente importa.

Creo que esa sensación de culpa tiene un lado valioso: muestra que algo nos importa. El emprendedor que se siente culpable de no trabajar más cuida su proyecto. La madre que se siente culpable de tomarse tiempo para ella ama profundamente a sus hijos. Quien siente culpa con la comida quiere cuidar su cuerpo. La culpa, en ese sentido, es una señal. El problema es cuando deja de ser una señal y se convierte en un estado permanente. Cuando ya no te empuja sino que te paraliza. Cuando te impide disfrutar lo que estás haciendo porque tu cabeza está siempre en lo que no estás haciendo.

El equilibrio no es un punto que se alcanza. Es un proceso que se vive. Y entender eso, de verdad, es lo que te permite dejar de perseguir la perfección y empezar a disfrutar el camino.

Mirarnos con cariño. Hablarnos con cariño.

Y no dejar que nuestras expectativas nos destruyan.

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