La aventura que no puedes desver
Hace unos días me enfrenté a uno de esos desafíos que te generan esa sensación extraña en el estómago. Tenía que preparar un taller de marketing para emprendedores, en inglés, para un grupo que esperaba valor de su tiempo. No me considero experto en marketing. Pero sí creo que entiendo algo del alma del emprendedor. Y desde ahí decidí armarme.
El taller nació de un concepto que me lleva rondando la mente hace meses: vivir más. Es uno de esos conceptos que se resiste a ser estructurado, que no cabe en una métrica ni en un plan. Y precisamente por eso me obsesiona. Porque creo que ahí está el problema real del emprendedor. No el de las ventas ni el del tiempo. El de haber olvidado para qué empezó.
Antes de comenzar Acción, recuerdo estar en un gimnasio mirando a mi alrededor. Personas tristes, apagadas, con cara de estar en cualquier lugar menos ahí. Estábamos en un espacio de movimiento, de esfuerzo, y nadie parecía vivo. En ese momento entendí algo que no podía ignorar. Para mí, moverme siempre había significado libertad. Correr, esforzarme, tomar riesgos con el cuerpo, era mi forma de jugar. Siempre digo que para mí el movimiento es como el perro que sueltan en la playa y sale a correr. Se ve feliz. Es libre. Y quería construir un espacio donde otros pudieran reconectar con eso, con la felicidad que genera moverse, con la satisfacción de descubrir que el cuerpo puede más de lo que crees.
Eso que vi en ese gimnasio es lo que no podía desver.
No era un plan de negocios. No era un análisis de mercado. Era una imagen que se me quedó grabada y que desde ese día empujó cada decisión. Esa tensión entre lo que veía y lo que sabía que podía existir, esa brecha, es el origen real de Acción. Y creo que todo emprendimiento genuino nace de algo así. De ver algo que otros no ven, o que otros ven pero deciden ignorar. De que esa imagen te persiga hasta que hagas algo con ella.
El problema es lo que pasa después.
Con el tiempo, persiguiendo formas de hacer dinero, resolviendo problemas del día a día, construyendo equipos, el negocio empieza a alejarse de esa imagen original. Como un camaleón que no eligió cambiar de color, de repente tu emprendimiento replica lo que otros hacen, repite los mensajes de otros, persigue los virales de otros. Y eso especial que viste al principio se empieza a perder en el ruido. No de golpe. Lentamente. Tan lentamente que casi no te das cuenta hasta que un día miras lo que construiste y sientes que ya no te reconoces en ello.
Y sin embargo, ese origen sigue ahí. Esa tensión que no pudiste desver no desaparece. Solo queda enterrada.
Eso fue lo que vi en el taller.
Emprendedores que llevan años construyendo algo y que al preguntarles por qué empezaron, algo en ellos cambia. La voz se vuelve distinta. Los ojos también. Escuché a uno hablar con orgullo de cómo quiere contagiar risas y alegría. A otro que busca entrenar a los que sienten que no pueden. A otro que quería un espacio para los raros, porque él siempre fue el raro y nunca tuvo donde encajar. A una coach que quiere sanar la relación de otros con su cuerpo y la comida. A una madre cargando la culpa de cuidarse a sí misma. A un deportista que no sabe quién es si no compite. Personas que llevan meses o años sin hablar de eso, y que cuando lo hacen, algo en ellos se enciende de nuevo.
Escuchar eso me hizo sentir algo que todavía estoy procesando.
Porque detrás de cada uno de esos relatos hay algo que va mucho más allá del emprendimiento. Hay una aventura. Una travesía personal que solo esa persona puede ver, que solo esa persona puede vivir. Y creo que en eso los emprendedores somos distintos. No mejores, distintos. Somos los que todavía creemos que hay algo que vale la pena cambiar, algo que vale la pena construir. Los que estamos dispuestos a cargar el riesgo, a tolerar la incertidumbre, a seguir cuando todo dice que pares.
En otro tiempo eso se llamaba honor. La gente vivía y moría por causas, por familias, por lo que creían. No porque buscaran el sacrificio, sino porque había algo más grande que ellos mismos que le daba sentido a todo. Hoy hemos cambiado esa ecuación. Queremos más años, no más significado. Más comodidad, no más propósito. Y creo que esa es una de las grandes tragedias silenciosas de nuestra época. Hemos aprendido a vivir más tiempo, pero hemos olvidado para qué.
Los emprendedores son, en ese sentido, los exploradores de nuestro tiempo. Los que todavía se hacen la pregunta incómoda. Los que todavía tienen algo que no pueden desver. Y sus historias, esas tensiones que los empujaron a construir algo desde cero, son las epopeyas modernas. Pequeñas y enormes al mismo tiempo. Invisibles para muchos, pero épicas para el que las vive.
Esa semana descubrí algo de mí. Disfruto profundamente esas conversaciones donde logro que otros vean y conecten con sus vidas. No sé exactamente de dónde sale eso. Solo sé que no quiero dejar de hacerlo.
Quiero escuchar más historias épicas. Quiero ver más héroes modernos viviendo sus aventuras. Quiero ser parte de eso.
Aún no tengo del todo claro qué es.
Pero pareciera que empiezo a entenderlo.
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