El llanero solitario
El llanero solitario
Suena a un título extraño. Quizás incluso un poco ridículo. Pero representa de cierta manera cómo me sentí durante muchos años emprendiendo. Luchando solo por aquello que me importa.
Como muchos emprendimientos, el mío partió desde un propósito fuerte. Aunque al principio era más una corazonada, algo instintivo que fue revelándose con el paso del tiempo hasta convertirse en una obsesión. Y a medida que la vas descubriendo, quieres compartirla con todos. Le cuentas a la mayoría lo que haces, dejas que tu entusiasmo sea tu principal promotor. Te empiezas a rodear de gente, aparecen clientes, construyes un equipo. Todos en torno a una misión, en torno a un objetivo.
Pero por algún motivo, cuando las luces se apagan y ya no queda nadie, sientes que estás solo en esta lucha.
Porque la verdad es que lo estás.
A través del emprendimiento vas a conocer a muchas personas. Muchos te van a dar consejos, te van a decir lo que deberías hacer. Pero ninguno está en tus zapatos. No saben lo que se siente, no saben todo lo que tienes en juego, no saben cómo es estar ahí día a día haciendo todo lo posible por lograr ese sueño. ¿Cuál sueño? Ese que solo tú conoces, ese que estás descubriendo y que por lo general no eres capaz ni de articular. Lo sientes, sabes que lo quieres, pero no tienes muy claro cómo se ve. Menos cómo explicarlo.
Los problemas aparecen todos los días, y todos los días debes estar ahí para resolverlos. Tienes que preocuparte de las normas, las leyes, las finanzas, los procesos. Aprender cada día cosas nuevas para solucionar problemas nuevos. Y cada vez que alguien no sabe cómo se resuelve algo, te llaman a ti. Pareciera que todo descansa en ti, que todo depende de ti. Miras las finanzas y caes en cuenta de que de cierta manera es así. Algunos de tu equipo viven de lo que ganan contigo. Quieres poder darles más, darles más seguridad, mejores condiciones. Pero tienes que preocuparte de todo. Ocuparte de todo.
Y en algún momento, sin que te des cuenta exactamente cuándo, esa carga empieza a cobrar un precio distinto. Noches sin dormir sin una explicación clara. Un cansancio que no se va con el descanso. Dejas de disfrutar porque todo parece una carga, y empiezas a resentir la soledad, a resentir aquello que buscaste construir. El llanero solitario deja de ser una metáfora romántica y pasa a sentirse una prisión, donde las murallas se van achicando con cada nueva responsabilidad. Y los que te acompañan, esos que elegiste tener cerca, empiezan a sentirse una obligación más. Pareciera que no hay salida. Pareciera que todo lo que construiste cargara la condena de la soledad como elemento permanente.
Y así seguimos. Incluso cuando todo pareciera que se está hundiendo, seguimos luchando. Como el llanero solitario. Algunos que estuvieron ya no están. Algunos que juraron luchar contigo ya no son más que un antiguo recuerdo. Pero sigues a pesar de los golpes, a pesar del desgaste.
Te sientes solo. Estás solo.
Hace tiempo encontré la forma de lidiar mejor con eso. Me rodeé de mentores, de otros emprendedores. Compartí el camino para que el camino no se sintiera tan solitario. Y al final terminé sintiéndome parte de un grupo de llaneros solitarios. Distintos sentidos de la justicia, distintos sueños, distintas batallas. Pero compartir las vivencias lo cambia todo. Ya no se siente igual.
Porque la soledad del emprendimiento no desaparece. Aprendes a cargarla diferente. Y a veces basta con encontrar a alguien que entienda lo que se siente sin que tengas que explicarlo.
¿Tú también estás luchando solo?
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